—¡Suéltame! —Lizbeth lo empujó con fuerza, furiosa—. Tu cobardía y miedo a morir es asunto tuyo, pero yo jamás me rebajaré a tu nivel.
Ella podría irse, pero ¿qué pasa con Estrella y los demás?
¿Acaso debía abandonar a sus compañeros y vivir una vida de miedo y vergüenza?
Eso era algo que no podía hacer.
—Lizbeth, lo primero es salvarse —aconsejó Teodoro.
—Vete tú si quieres, ¡no necesito tu ayuda! —dijo Lizbeth fríamente.
Despreciaba profundamente la cobardía de su propio padre, quien siempre s