Cuando volvió a salir, su piel estaba ulcerada, su cuerpo cubierto de pus y vomitaba sangre fresca. Claramente, no le quedaba mucho tiempo de vida.
—¡No dejen que escapen! ¡Persíganlas!
Dos asesinos enmascarados intentaron perseguir a Estrella y su grupo. Pero antes de que pudieran salir, una espada brillante les cortó la cabeza a ambos.
—Vuestro adversario, soy yo.
Pedro, con una espada rota en mano, se paró imponente al frente. Aquellas criaturas venenosas, como si temieran algo, no se atrevía