Antes de que pudiera reaccionar, una daga afilada ya estaba apuntando a su cuello.
La daga emitía un oscuro brillo, claramente envenenada.
—Esposa, ¿qué estás haciendo?
Leocadio estaba totalmente aturdido, sin saber cómo reaccionar.
No esperaba que su amada, la mujer que dormía a su lado, intentara herirlo.
—¡No grites en vano! Tu esposa murió hace días.
La hermosa dama sonrió levemente.
—¿No eres mi esposa? ¿Quién eres entonces?
La expresión de Leocadio cambió.
—Zenón es mi maestro. ¿Qué cr