Leticia asintió repetidas veces, con una expresión extraña en su rostro:
—La verdad, Sr. Cipriano, con que no nos cause problemas ya es suficiente. ¿Cómo podríamos culparlo?
—¡Exacto, exacto! Sr. Cipriano, por favor levántese. Mire todo lo que ha sangrado. Voy a buscarle una tirita.
Yolanda corrió rápidamente hacia el dormitorio para buscar en el botiquín.
—¿Una tirita?
Una mueca cruzó el rostro de Cipriano.
"¿Tiritas? Me he cortado dos dedos, ¿de qué sirve una maldita tirita?"
—Sr. Ci