Cuando la afilada hoja cortó su cuello, una gran cantidad de sangre brotó a borbotones. Al siguiente segundo, Leocadio cayó al suelo muerto, con una leve sonrisa de alivio en su rostro.
—¿Papá? —Vania se quedó paralizada, sin poder reaccionar.
La sangre de Leocadio la salpicó, cubriéndole el rostro. Su expresión, ya distorsionada, se volvió aún más sanguinaria y siniestra, como la de un demonio.
—¡Jefe!
—¡Hermano!
Los miembros de la familia Flores exclamaron con horror y dolor. Todos eran