La subdirectora sentía que la respiración se le cortaba de repente, quedando suspendida en el aire, su rostro se tornó rojo intenso.
Un miedo mortal se esparcía por su corazón.
No podía creer que esta mujer de cabellos blancos, que no había dicho una palabra, tuviera tanta fuerza como para levantarla con una sola mano.
No tenía dudas de que si la otra apretaba, su cuello se rompería al instante.
—Matarla no es necesario, un par de bofetadas y una lección serán suficientes. —Pedro finalmente h