Mordisqueó esa parte y deslizó la lengua por su garganta; cubrió con la boca sus senos, que seguían duros.
Ella quería gritar, quería suplicarle que parara, que siguiera, que la hiciera suya de una vez, pero se mordió la lengua y soportó aquella tortura exquisita a la que estaba siendo sometida. Su pecho estaba agitado y tragó con fuerza buscando su mirada.
Él se encontraba del mismo modo que ella: con la piel brillante por el sudor. Ambos se estudiaron con cautela por breves segundos. Lancaste