Punto de vista de Nadia
La invitación llegó de una forma que no dejaba espacio para negarse: un sobre sencillo y discreto entregado por un mensajero que no reconocí, sellado con el emblema de mi padre. Sin explicación, sin fingimiento de cortesía —solo una dirección, una hora y la comprensión tácita de que asistir no era opcional. Lo miré durante un largo momento, sintiendo un pulso de adrenalina enrollarse en mi pecho.
Elena estaba detrás de mí, callada pero atenta, mientras trazaba el sello en relieve con la yema del dedo.
“Es una reunión”, dije al fin. “Ha reunido a todos en una misma sala: los rivales de mi padre, sus aliados, los que han susurrado amenazas a sus espaldas.”
Sus ojos se abrieron más.
“¿Vas a ir?”
“Tengo que hacerlo”, respondí con firmeza. “Ya no se trata solo de observar. Se trata de reclamar mi lugar. De demostrar que puedo moverme en su mundo… y no solo sobrevivir en él.”
La voz de Adrian llegó a través del auricular, calmada pero con un filo de advertencia.