El sol aún no había salido cuando Emma sintió que alguien tocaba la puerta de su cabaña con insistencia. Soltó un gruñido de protesta y se frotó los ojos, pero sabía que no tenía opción. Se había comprometido a entrenar, y Diego no era del tipo que aceptaba excusas.
Cuando abrió la puerta, se encontró con Madelin, quien la observaba con una sonrisa burlona y los brazos cruzados.
—Hora de entrenar, princesa —dijo con sorna.
Emma soltó un suspiro y apoyó la cabeza contra el marco de la pue