CAPÍTULO 68

—¡Gracias al cielo ya estás en casa! —exclamó Maximina, viendo a su amada nuera entrar a casa luego de haber pasado un par de meses en el hospital—. De verdad no tienes idea de lo feliz que me hace verte aquí.

Marisa sonrió, y se dejó abrazar por esa mujer que quería con todo su corazón, luego abrazó a Mía que, cuando Maximiliano la vio correr hacia su amada, la levantó en brazos para que Marisa no hiciera un esfuerzo en levantarla, tal como seguro sucedería si él no intervenía.

La joven futura madre estaba fuera de peligro, pero le tenían recomendado seguir una rutina de mínimo esfuerzo, y Maximiliano se encargaría de que siguiera la recomendación del médico al pie de la letra.

Marisa abrazó a ese hombre, que sostenía a una pequeña que amaba con todo su corazón, y besó a la pequeña que se colgaba en su cuello y la besaba también.

Ese era su nuevo inicio, el inicio a la tranquila felicidad, porque ella sabía bien lo bueno que era vivir en esa casa, a la que regresaba sin miedo, y era
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