—Ay, Dios —exclamó Marisa que, sentada en el sillón, donde ahora era costumbre esperar a su novio mientras veía una película con Mía, se quejó del movimiento de su bebé en su vientre—... le dio directo a la vejiga, casi me orino.
Maximina sonrió, la expresión de molestia de la chica era tan brillante que le encantaba.
Todo el embarazo había sido así, ella se quejaba de todo, pero siempre con una sonrisa, por eso Maximina no le podía creer que le molestara de verdad, porque parecía amar todo lo