Timothy casi gimió en voz alta, pero en vez de eso, le devolvió la mirada. —Hola —respondió. Un poco de cortesía no le haría daño a nadie, ¿verdad?
—Soy Mirabel —dijo la pelirroja, pestañeando con sus larguísimas pestañas—. Encantada de conocerte.
—Timothy —dijo él simplemente, y ella le dedicó otra sonrisa. Timothy apretó más fuerte su copa, esperando que la dama entendiera que prefería estar solo esa noche. Pero la suerte no estaba de su lado, pues ella no hizo ningún intento por irse.
—¿Qué