Las luces rojas y azules parpadeaban en la noche, proyectando sombras danzantes sobre las paredes del vecindario. Policías y paramédicos entraban y salían de la casa, evaluando la escena con miradas de incredulidad y horror. Laura permanecía de pie, con el corazón, latiéndole con fuerza en el pecho, mientras observaba cómo los oficiales intentaban contener a Sandra, que gritaba y se retorcía entre los brazos de dos policías.
—¡No es mi culpa! ¡Ella me obligó! —chillaba Sandra, sus ojos desorbit