Renata
—O empiezo a pensar que no te importa mantener la paz en este matrimonio. Y no quieres verme cuando dejo de ser amable.
Y se va. Agarra el saco, me lanza esa última amenaza por encima del hombro sin mirarme, y sale de la cocina dejándome con la boca abierta y una respuesta atragantada, y para cuando reacciono ya escucho el motor de su auto rugiendo por el portón.
Me quedo parada frente al desayuno que no probó, hirviendo.
El almuerzo. Al mediodía. En su oficina. Como si yo fuera una empl