Su vuelo había salido de Monterrey a las once y veinte, eran cerca de la una de la madrugada y ella ya pisaba su tierra de nuevo.
No le había avisado a nadie que volvía, así que no había nadie esperándola en el aeropuerto. Pidió un taxi y llegó a la casa donde había dejado su camioneta antes de viajar a Monterrey.
En el lugar se debatió entre pasar la noche ahí o continuar su camino hacia su nuevo destino; total, eran tan solo dos horas y media en auto lo que la separaba de su pequeña ciudad.
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