— ¿Está usted bien? —preguntó Abner con voz cautivadora.
—Perdón, ¿qué? —Calisto supo que el hombre, que aún rodeaba su cuerpo de manera protectora, había hablado por el movimiento de sus labios, pero no logró escuchar nada.
— ¿Qué si estás bien? —dijo más fuerte Abner, perdiendo la galanura.
— ¡Oh!, sí, sí, ¡lo siento! —Calisto se removió incómoda, sin embargo, Abner aunque aflojó su agarre sobre ella, no la soltó.
— ¿Estás perdida? —la fuerza de la música obligó a Abner a hablarle a Calisto a