82. Servicio a domicilio
82. Servicio a domicilio
Justin se quedó de piedra, quieto como una estatua y con la respiración atorada en la garganta. Livi solo llevaba puesta una de sus camisas que apenas le llegaban a cubrir por debajo de la pelvis.
Él tragó en seco; los latidos de su corazón se aceleraron, golpeando sin piedad contra sus costillas; su pene se levantó orgulloso dentro de su pantalón, apretando furioso contra la pretina. Exigiendo, silenciosamente, salir.
Livi se mordió el labio; los ojos se deslizaron de