STEVEN
Alan entra en el despacho y cierra rápidamente la puerta.
Me encuentra inmóvil, con las manos en las caderas y la cara contorsionada por la ira, en el mismo lugar donde tuve a Olivia en brazos.
Todavía no puedo superar las palabras que me dijo antes de huir como una cobarde, cuando para mí oler su perfume y sentir la suavidad de su forma sobre mí era una sensación excitante y embriagadora.
Quise besarla, probar el néctar de sus labios, pero me apartó como si fuera el ser más baboso del p