Aunque sabía perfectamente que cuando entrara Adrianna a mi casa, no esperaría que yo estuviera en el salón, nos miramos las dos mujeres con desprecio, a pesar de estar yo allí delante, sin vergüenza ninguna ella intentó acariciar la mejilla de mi marido con sus dedos, apartando Giulano la mano de su cara muy serio
— Siéntate por favor Adrianna, tenemos que hablar — le dijo mi marido
— Como quieras, pero dime ya qué sucede, me tienes muy intrigada desde que hablamos por teléfono — respondió el