Mientras la luna derramaba su suave resplandor sobre la habitación, Stephen arropó con ternura a Anna entre la mullida calidez de la cama. Sus manos se movían con una delicadeza infinita. Una tenue sonrisa se dibujaba en sus labios mientras su mirada permanecía fija en ella, como si contemplara el tesoro más preciado del mundo. No podía evitar sentirse cautivado por su presencia; su vulnerabilidad despertaba en él un profundo instinto protector.
Con la ligereza de una pluma, apartó un mechón de