Anna llamó a la puerta de Laura temprano por la mañana. Al principio no obtuvo respuesta. Volvió a llamar y pudo oír a Laura soltar una maldición desde dentro. Anna soltó una risita y negó con la cabeza.
—¡Laura, soy yo! Abre la puerta —dijo.
Todavía llevaba puesto el camisón y ni siquiera se había duchado.
Se escucharon algunos gruñidos desde el interior y, finalmente, la puerta se abrió, revelando a una Laura somnolienta. Seguía en pijama, y las arrugas de la tela dejaban claro que acababa de