Stephen estaba sentado en su gran silla de oficina de cuero, con los dedos entrelazados sobre el escritorio. La oficina era amplia y luminosa, con ventanales de piso a techo que ofrecían una impresionante vista del horizonte de la ciudad. A un lado del escritorio había una pila de documentos perfectamente organizada; al otro, una fotografía enmarcada de él junto a su prometida.
Pero su mente estaba muy lejos del trabajo.
En cambio, estaba completamente absorbida por pensamientos sobre Anastasia