—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo entraste aquí? —grité mientras me giraba hacia él. Se estaba acomodando su larga corbata, pero se detuvo para agitar la llave que tenía en la mano.
—De repuesto. Tenía que asegurarme de que no me dejaras fuera —masculló con indiferencia—. Veo que necesitas ayuda con eso —señaló el vestido.
Negué con la cabeza de inmediato. —No, yo puedo sola —logré decir sin tartamudear.
—No te estaba preguntando, Miss Owl. Date la vuelta —ordenó mientras se acercaba.
Tragué saliva con dif