EPÍLOGO - Mateo y Samanta
— ¡Ay, mami, me duele! ¡Péiname más despacio! —se quejó una vocecita aguda desde el pequeño taburete frente al espejo del tocador.
— Ya casi está, Lía, solo me falta esconder este mechón rebelde —respondió Samanta, usando el cepillo con más suavidad mientras rociaba una ca