Alexander miró hacia el horizonte, recordando su propia angustia.
— Y tenía un as bajo la manga. O eso creía. Se lo iba a proponer a una gran amiga. Crecimos juntos, nos conocíamos los secretos. Estaba seguro de que no me rechazaría, que entendería que era un negocio entre amigos.
— Pero lo hizo —di