La luz del sol atravesaba la habitación en afiladas láminas doradas, cortando el edredón. Mantuve los ojos fuertemente cerrados, desesperada por aferrarme a los fragmentos de la noche anterior.
Los fuegos artificiales.
El calor vertiginoso del pasillo.
La aterradora y excitante vulnerabilidad de presionar mis palmas contra su piel desnuda y prácticamente rogarle que me tomara.
Una lenta sonrisa curvó mis labios, pero fue seguida por un repentino y sin aliento dolor en el pecho.
Bajo mi espalda,