Un año después de aquella inauguración tan significativa bajo la nieve patagónica, la cocina de la casa familiar en Buenos Aires se llenaba, esa tarde particular, de una luz dorada que se filtraba suavemente a través de los amplios ventanales que Emma había diseñado con tanto cuidado años atrás, precisamente pensando en momentos exactamente como ese: cálidos, luminosos, y genuinamente llenos de vida familiar auténtica.
Emma se encontraba de pie junto a la isla central, preparando cuidadosamente