Desde el mismo momento en que abandoné la habitación, repetí una y otra vez ese beso dentro de mi cabeza. Tenía una erección descomunal y sentía que el fuego estaba quemando todo mi interior. La deseaba, añoraba tener de vuelta a mi esposa entre mis brazos y hacerla vibrar como tan solo yo podía hacerlo.
Sabía que aquello estaba lejos de suceder y, sobre todo, con el maldito imbécil jodiendo todos mis planes. Esa era a razón principal por la que había tomado la determinación de apartarlo de mi