Clark permanecía inexpresivo de pie en medio del pasillo del hospital, mirando fijamente a Damon con frialdad. Tenía los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. La ira reprimida le hervía en el pecho.
—Tío, quiero saber por qué sigues ayudando a mi esposa una y otra vez —la voz de Clark llevaba un sarcasmo evidente—. La primera vez fue en la mansión familiar, la segunda defendiéndola de mi madre, y ahora trayéndola personalmente al hospital. ¿De verdad te