Mi corazón era una tempestad de furia y miedo mientras conducía a Aaron y Nova a través de la maleza, con sus pequeñas manos entrelazadas con fuerza en las mías. El bosque, que alguna vez fue un santuario esmeralda, ahora parecía una jaula asfixiante, con sus sombras preñadas de amenazas tácitas.
—Mamá, no queremos irnos —la voz de Aaron tembló, sus grandes ojos buscando los míos—. El rey Caleb dijo que hablaría contigo.
—Por favor, mamá —intervino Nova, su súplica suave pero seria—. Queremos q