***FREYA***
Al atravesar la puerta, se me cortó el aliento. Ver a papá, yaciendo frágil y pálido contra las sábanas blancas de su lecho de muerte, fue una flecha que atravesó mi corazón. Caí de rodillas a su lado, agarrando su mano desgastada con las mías, la aspereza de su piel era un testimonio de las batallas libradas y ganadas.
—Por favor, papá —susurré, mi voz quebrándose por el peso de las lágrimas no derramadas—. No me dejes.
Sus ojos, que alguna vez fueron el oro vibrante de nuestro lin