CAPÍTULO 28

***FREYA***

Al atravesar la puerta, se me cortó el aliento. Ver a papá, yaciendo frágil y pálido contra las sábanas blancas de su lecho de muerte, fue una flecha que atravesó mi corazón. Caí de rodillas a su lado, agarrando su mano desgastada con las mías, la aspereza de su piel era un testimonio de las batallas libradas y ganadas.

—Por favor, papá —susurré, mi voz quebrándose por el peso de las lágrimas no derramadas—. No me dejes.

Sus ojos, que alguna vez fueron el oro vibrante de nuestro lin
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