Richard Cole tenía treinta y dos años y poseía la peculiaridad de un hombre que había pasado una década siendo el callado de una familia que valoraba la compostura por encima de la honestidad y que, finalmente, en la intimidad de un café en la Calle Cuarenta y Tres, había decidido dejar de serlo.
No había pedido nada. Sus manos estaban apoyadas sobre la mesa, la misma postura serena de Ethan, la que ella había observado en cientos de mesas de comedor y salas de conferencias, pero el resto de él