Verla débil, vulnerable, tartamudeando y aguantando llorar era una cosa que jamás había deseado y ahora que la vio, luego de admirar lo determinada y sagaz que era y esa sonrisa de astucia que solía soltar cuando sabía que tenía la razón, tuvo deseos de correr a abrazarla.
Se puso de pie, pero no sabía qué hacer. En ese momento sintió que podía dar un gran paso en falso. La chica era como un pájaro o un gato sin domesticar, arisco, y parecía que con una mínima señal de peligro atacaba o huía.
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