Don Gabriel estaba ardiente de furia, y gritó con ira:
—¡No esperes que le rinda cuentas a una amante!
Consideraba que Alejandro había perdido la razón por completo. ¿Cómo se atrevía a venir a hablarle de esa manera?
Alejandro se levantó lentamente, con los ojos entrecerrados, clavando una mirada helada en Don Gabriel.
—Si ese es tu punto de vista, no me culpes por dejar de lado los vínculos del pasado.
—¡Alejandro! ¿Crees que en Reinovilla puedes hacer lo que te plazca? —Don Gabriel preguntó