— ¿Qué has dicho? —susurró ella, con los ojos brillantes.
—Que te quiero —repitió él, acercándose y acariciándole la cara con una ternura que le aceleró el corazón—. Que fui demasiado orgulloso… y demasiado cobarde para admitirlo antes.
—Por favor, Fernando… —le pidió ella, casi suplicante—. No me mientas.
—Nunca he sido tan sincero en mi vida. Te amé desde el primer día que te vi disfrazada de Cecilia.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Entonces, ¿por qué nunca me lo dijiste?
—Porque tenía miedo de