El reloj marcaba casi las siete de la tarde cuando el comisario Amaral ya estaba cogiendo la chaqueta y dando por concluido otro día de agotador trabajo para dirigirse al calor del hogar y reunirse con la familia, abrazar a su esposa e hijos, cuando el investigador Dias entró apresuradamente en la sala con un maletín en las manos.
—Ah, no —murmuró Amaral, levantó la mano como quien da una orden de alto y terminó de abrocharse la chaqueta—. Dias, se acabó. Ya he terminado por hoy.
—No sin ver es