El hombre en la cama, que ya estaba de por si borracho, con la cara roja como un tomate, en ese momento estaba aún más rojo.
Al ver a la mujer lanzándose hacia él, extendió los brazos para abrazarla por instinto.
Cada una de sus células se sentía abrasada, ardiente, como si estuvieran gritando y exigiendo que le quitara la ropa a la mujer en sus brazos sin pensarlo más y la hiciera suya. Justo cuando sus manos querían ceder a esos gritos, una fragancia penetró en su nariz. Eso hizo que su cerebr