Valentina, furiosa, comenzó a gritarme:
—¡Esmeralda, maldita pendeja! ¡No es que te hayas golpeado la cabeza, es que no tienes corazón!
—¡Sabes perfectamente que mi primo nunca podría estar con Luna, y aun así dices eso!
—¿Cómo puede haber tan malvada como tú? ¡Qué suerte tienes de que ni siquiera caerte del acantilado haya logrado matarte!
Yo no supe qué decir.
¿En qué momento me volví malvada? ¡Si solo estaba tratando de ayudar a esos dos a hacer realidad su amor prohibido!
Además, ¿por qué Da