Sus ojos, tenían esa mirada desafiante, era de Luna.
Pero su voz, su actitud directa y su manera de ser eran tan puras que no se parecían a ella.
Luna solía ser una persona inocente y triste. Alguien con esa personalidad, en una situación como esta, solo lloraría y diría:
—Hermano, míralo, me están insultando.
Pero no esta vez.
—¿Es esta la nueva personalidad que adoptó? —preguntó Gabriel con voz fría.
—¿Te atreves a llamar a la policía? ¿A acusarme de difamación?
La mujer respondió