Me quedé tan sorprendida que no pude reaccionar de inmediato.
La mujer que había hecho la oferta me sonrió cuando la miré.
Luego, con actitud retadora, levantó la placa de la subasta hacia mí.
Esos ojos familiares, esa provocación tan conocida, hicieron que apretara con fuerza lo que tenía en la mano.
¡Luna! ¡Luna estaba vivita y coleando!
¡No estaba muerta! ¡Ella de verdad no estaba muerta!
Aunque esa cara no era exactamente la de Luna, sino más bien la de la chica del servicio de l