Cuando la celebración llegó a su fin y las despedidas se desvanecían en murmullos distantes y apretones de manos protocolares, Marcos no pronunció una sola palabra. No hubo gestos de cortesía, ni adioses, ni el menor rastro de su voz. Simplemente se esfumó entre la multitud, deslizándose hacia la salida como si nunca hubiera estado allí; como un fantasma que recupera su libertad al llegar el alba.
Horas más tarde, Marcos yacía inmóvil en la sala amplia y gélida de su lujosa mansión. La luz te