Al día siguiente, Delilah despertó abrazada a su esposo.
En algún momento de la noche los dos habían hecho un enredo de brazos y piernas del que le costaba deshacerse.
Maximiliano se veía dormido en profundidad, lo había estado sintiendo moverse sin parar como si algo le robara el sueño y no hubiera sido capaz de quedarse dormido.
Ella no había dormido mejor, pero el rugido del estómago la obligó a salir de la cama. La noche anterior no había cenado y ahora estaba hambrienta.
Sin despertar a su