Alessandro está de pie en medio de la oficina de su padre, alto e impasible, manos en los bolsillos, rostro ilegible.
Su camisa negra se ajusta a su figura, las mangas arremangadas hasta los codos, las venas prominentes, los tatuajes asomándose en sus muñecas. La habitación está cargada de tensión.
Detrás del pesado escritorio de caoba se sienta Don Luciano Bianchi, su cabello entrecano peinado hacia atrás. Un cigarro medio consumido descansa olvidado en el cenicero de cristal, el humo elevándo