Esa noche, cuando Maxwell finalmente regresó a su casa, una vez más sintió esa presión de la soledad implacable. La sensación era tan abrumadora que su respiración se volvió torpe y su mente comenzó a imaginar todo tipo de escenarios negativos. No quería recurrir a los antidepresivos, pero la carga emocional se hacía cada vez más pesada. Desesperado, se dirigió a la habitación en busca de los frascos con las pastillas.
Se dejó caer sobre la cama y miró al techo, sintiéndose perdido en un mar de