El zumbido persistió perforando mis oídos, así como el dolor que recorría mi cuerpo impedía que pudiera acelerar el paso. Cada movimiento era un martirio e incluso algo tan simple como era el respirar se volvió una tortura constante que no me dejaba pensar con claridad.
Camine y camine sin idea de donde me encontraba, debido a la destrucción de las calles era imposible saber con exactitud mi ubicación, vi humo y fuego, caos y destrucción, pero en medio de aquel escenario caótico, lo peor fue en