Mateo negó rápidamente.
—No… creo que no —respondió todavía agitado antes de tragarse la saliva—. El guardia que se me acercó… era conocido mío. Philip. Lleva años trabajando ahí. Por suerte, no sospechó nada.
Enzo soltó lentamente el aire al escuchar eso mientras mantenía la vista fija en el camino