No había tiempo.
Se levantó como pudo y comenzó a correr en otra dirección, alejándose del borde del acantilado, internándose entre la vegetación espesa que rodeaba la zona.
Las ramas le arañaban la piel.
Las piedras le cortaban los pies.
Pero no se detuvo.
No podía.
—¡ATRÁPENLA! —gritó Gimena