La recepcionista, con una expresión de genuina confusión, alternaba la mirada entre su pantalla y la pareja.
—Lo siento mucho, señora Salazar, pero aquí figura que usted misma llamó a las nueve de la mañana para cancelar la cita alegando una urgencia familiar —explicó la mujer, un tanto intimidada por la presencia de los ocho guardias que custodiaban la entrada.
El mundo de Isabella se detuvo.
—¿Cancelada…?
—Sí. Llamaron temprano para cancelarla.
El mundo pareció detenerse. Isabella sintió un b