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Capítulo 4: El Acuerdo Sellado

- . . . Punto de Vista de  Isabela . . . -

            El escalofrío que me recorrió la espalda cuando vi la sonrisa de Ronan fue como una descarga eléctrica. Era la sonrisa de un hombre que sabe que ganó, que ya no tiene nada que perder. Sentí cómo mi corazón se encogía, apretado por una fuerza invisible. Con esas palabras había sellado mi destino.

            — Buena elección, Isabela — repitió, su voz envolviéndome como un lazo helado. Había satisfacción en su tono, pero no la clase de satisfacción amable, sino esa cruel, la que se disfruta cuando el enemigo se rinde.

            Apreté los puños con fuerza, clavando las uñas en mis palmas. No era una elección, era una condena disfrazada de salvación. Respiré hondo y obligué a mi cuerpo a no temblar. Si iba a hacer esto, no le daría el gusto de verme quebrada. Tenía que parecer fuerte, aunque por dentro me sintiera desmoronando.

            — ¿ Cuándo quieres que nos casemos ? — pregunté. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, casi fría, y eso me sorprendió a mí misma.

            Ronan arqueó una ceja, como si le divirtiera mi intento de mantenerme erguida.

            — Cuanto antes. No tiene sentido alargarlo — dijo con ese tono práctico que me hacía sentir como si no habláramos de mi vida, sino de un simple negocio —. La próxima semana firmaremos los papeles y en dos semanas tendremos una ceremonia privada. Nada ostentoso. Solo lo necesario para que sea legal.

            Asentí lentamente. Era evidente que no podía esperar una boda de ensueño, pero que lo expresara de esa manera lo convertía todo en algo más frío, más asfixiante. Un contrato. Un trato. Un trueque de mi libertad por la salvación de familia.

            Tragué saliva y, aun así, reuní la poca valentía que me quedaba.

            — Tengo algunas condiciones — dije, obligándome a mirarlo directo a los ojos.

            Una sombra de sonrisa cruzó su rostro. No era dulzura; era burla. Como si mi intento de imponer reglas en medio de su juego le pareciera un entretenimiento pasajero.

            — Te escucho.

            — No quiero que mi padre sepa las verdaderas razones detrás de este matrimonio — dije, cada palabra pesada como plomo —. No quiero que piense que me estoy sacrificando.

            Mi voz no tembló, aunque mi corazón golpeaba con violencia. Yo sabía que mi padre sospechaba de la crisis, pero no creía que supiera cuán hundidos estábamos. Él también sabía, sin duda, que yo había amado a Ronan. Había visto mi dolor cuando él se fue. Podría inventar que este matrimonio era por amor, no un sacrificio desesperado. Podría… fingir.

            Ronan asintió sin pensarlo demasiado.

            — Hecho — aceptó con frialdad —. ¿ Algo más ?

            — Quiero seguir ejerciendo mi profesión — dije, más firme ahora —. No voy a ser una esposa de adorno.

            Sus ojos se posaron en mí con una intensidad que me hizo estremecer. No me miraba como un hombre mira a una mujer, sino como un estratega evalúa a su pieza favorita en el tablero.

            —No me interesa impedirte que sigas con tu trabajo y tus estudios — respondió finalmente —. Pero ten algo claro, Isabela: a partir de ahora serás la señora Vázquez, y todos sabrán que me perteneces.

            Sentí un frío recorriendo mi columna vertebral. No era una promesa ni una declaración. Era una advertencia. Un recordatorio de que mi vida ya no me pertenecía, aunque me dejara trabajar.

            — De acuerdo — respondí, con un nudo en la garganta.

            — Perfecto. Entonces, en una semana firmaremos el contrato de matrimonio — dijo, como si hablara de un negocio cerrado —. Mi abogado se encargará de los documentos.

            La palabra “ contrato ” me dejó un sabor metálico en la boca. Bajé la vista y solo pude asentir. Ya no había marcha atrás.

            Los días siguientes pasaron con una rapidez abrumadora. Me sumergí en mis turnos en el hospital para no pensar, para no ver a Ronan ni a Isidora. Mi hermana parecía estar al borde de la histeria desde que supo de la boda.

            — No entiendo — explotó Isidora, cruzada de brazos frente a mí una noche —. ¡ Ronan nunca me perdonó lo que pasó entre nosotros ! ¡ A ti tampoco ! ¿ Por qué demonios quiere casarse contigo ?

            Cerré la carpeta que revisaba, conteniendo la rabia que hervía en mi interior.

            — No tengo que darte explicaciones, Isidora.

            — No me vengas con eso — bufó, su voz aguda llenando la habitación —. ¿ Qué le hiciste ? ¿ Le rogaste ? ¿ Le lloraste ?

            No supe en qué momento mi paciencia se rompió. La bofetada salió de mis manos antes de que mi mente pudiera detenerla. Sonó seca, contundente. Vi el rostro de mi hermana girarse con el impacto.

            Isidora me miró con incredulidad, llevándose una mano a la mejilla.

            — No vuelvas a hablarme así — dije con voz baja pero firme, tan distinta a mí misma que me asusté —. No tienes idea de lo que está en juego aquí.

            Recogí mis cosas y salí de la biblioteca sin mirar atrás, dejándola en silencio. Afuera, el aire fresco de la noche me golpeó el rostro. Me sentía atrapada, acorralada, pero también sabía que era tarde para retroceder.

            El día de la firma llegó. Todo sucedía con una precisión mecánica. En una oficina privada, con cortinas pesadas que dejaban pasar apenas un hilo de luz, me senté frente a Ronan. El abogado deslizó el documento hacia mí. Sentí mis manos temblar mientras lo tomaba.

            — Puedes leerlo si quieres — dijo Ronan, con ese tono inquebrantable que tanto me irritaba —. Pero te aseguro que todo está en orden.

            Pasé la vista por las cláusulas. Era claro, frío, directo: un matrimonio por conveniencia, con condiciones preestablecidas y sin posibilidad de disolución hasta que él lo decidiera. Cada palabra me golpeaba como una piedra.

            Tomé la pluma. Cerré los ojos por un instante. Las palabras de mi padre se repitieron en mi mente como un eco: “ El verdadero sacrificio solo tiene valor cuando se hace por amor, no por miedo ”. Sentí que las lágrimas querían escapar, pero las contuve.

            Entonces firmé.

            Cuando levanté la mirada, Ronan sonreía. No era una sonrisa amable, ni siquiera orgullosa. Era la sonrisa de un hombre que ha conseguido exactamente lo que quería.

            — Bienvenida a mi mundo, Isabela — dijo.

            En ese instante lo supe. Mi vida nunca volvería a ser la misma. Había cruzado un umbral del que no podría regresar, y en el fondo, una voz silenciosa me gritaba que mi arrepentimiento apenas estaba empezando.

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