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— . . . Punto de vista de Isabela . . . —
Las dos semanas que llevábamos en la ciudad afectada se sentían como una eternidad. El tiempo había perdido su ritmo natural, devorado por la rutina del cansancio, el ruido de las sirenas y el olor penetrante a polvo y desinfectante. Desde el primer día, la magnitud de la tragedia nos sobrepasó. Las carpas improvisadas se llenaron en cuestión de horas, los equipos médicos trabajaban sin descanso, y los suministros se agotaban más rápido d